Esta es la historia de un Porsche 356 muy especial

Cuando el telón de acero dividía Alemania, algunos aficionados de Porsche lograban dar rienda suelta a sus sueños con el decidido apoyo de Ferry Porsche. Esta es la historia de un 356 muy especial.

El 17 de junio de 1953, ocho años después del final de la II Guerra Mundial, en Dresde vuelven a desplegarse tropas soviéticas y hay disparos en las calles. Y como en Dresde, en toda la República Democrática Alemana los ciudadanos se rebelan contra el régimen comunista impuesto por los soviets. Por un momento parece que el pueblo esté a un paso de conseguir la libertad, pero la Policía Popular y el Ejército Rojo sofocan el levantamiento que se había extendido por todo el país. Dresde todavía está marcada por los devastadores bombardeos. Gran parte de la ciudad permanece llena de escombros. Edificios de fama mundial como la Frauenkirche (Iglesia de Nuestra Señora) y el Zwinger, antaño un lujoso palacio barroco, están en ruinas.

A sus entonces 32 años, el sajón Hans Miersch ya ha pasado por mucho. Una década antes fue herido gravemente cuando era soldado y hubo que amputarle la pierna derecha. A unos 40 kilómetros de Dresde, Miersch abre en Nossen una fábrica de zapatos de señora. Una apuesta muy atrevida en la Alemania comunista, donde la propiedad privada está mal vista y las grandes empresas se nacionalizan.

Pero Hans Miersch no deja que le roben sus sueños, ni en la vida profesional ni en la privada. A principios de los años cincuenta descubre el nuevo Porsche 356 en una revista de automóviles. “Lo supe en el momento en que lo vi por primera vez: era mi sueño”, recuerda echando la mirada atrás. El fabricante de zapatos comparte su sueño con muchos aficionados a los automóviles del este y del oeste de Alemania, pero para Hans Miersch, como para la mayoría, parece algo inalcanzable. Si bien todavía es posible moverse entre las dos partes del país -el Muro no se construirá hasta 1961-, la RDA impone severas restricciones comerciales con la capitalista República Federal. Importar desde allí un vehículo de lujo tampoco le está permitido a un empresario como Miersch.

Su vehículo de empresa es de fabricación propia, está compuesto por la carrocería de un Hanomag y el chasis de un Kübelwagen. Este último, conocido como Volkswagen Typ 82, era un antiguo todoterreno militar, descapotable y de cuatro plazas, desarrollado por Ferdinand Porsche. “Funcionaba de maravilla”, afirma Miersch sobre este extraño vehículo. Con un remolque también de fabricación propia viaja por los países hermanos Hungría y Polonia para entregar sus zapatos. Sus contactos se extienden hasta Checoslovaquia, lo que más adelante resultará ser una afortunada casualidad.

Un Kübelwagen como origen de una gran historia

En la RDA era relativamente fácil encontrar un Kübelwagen abandonado, ya que en su precipitada retirada en 1945 los soldados alemanes habían tenido que dejarlos en la orilla este del río Elba para salvarse cruzando a nado hacia el oeste. Por ello, algunos campesinos de los alrededores de Dresde tenían en su granero un Kübelwagen.

Un Kübelwagen es también el inicio de esta fantástica historia. Los hermanos gemelos Falk y Knut Reimann, que por entonces tenían 21 años y estudiaban en la Escuela Técnica Superior de Dresde, diseñan un coupé que se parece asombrosamente al 356 de Porsche. Miersch se entera de ello. En Mohorn, junto a Dresde, los jóvenes ingenieros Reimann encuentran un aliado en el fabricante de carrocerías Arno Lindner, quien es capaz de hacer realidad sus diseños. Construye un armazón de madera de fresno que se cubre con la carrocería y a la que se puede atornillar o soldar un chasis. La empresa familiar de Lindner tiene mucha experiencia con este tipo de fabricaciones: su abuelo ya construía carruajes de caballos siguiendo este principio.

Para cumplir su sueño del Porsche oriental, Miersch pone a disposición el chasis de un Kübelwagen. Sin embargo, hay un grave problema que hace peligrar toda la operación: en la RDA no hay modo de conseguir chapas de metal de la calidad necesaria. Pero Miersch hace valer sus relaciones en Checoslovaquia y consigue unos 30 metros cuadrados de este preciado material. “Casi valía más que el oro”. Con un grosor de un milímetro tiene mucho peso, solo el capó ya pesa casi 20 kilos. Y puesto que el chasis del Kübelwagen es unos 30 centímetros más largo y mucho más ancho que la carrocería del Porsche 356, el nuevo vehículo de Miersch se convierte en un espacioso cuatro plazas que, por otro lado, aporta peso adicional.

Hacer contrabando para construir un coche

La búsqueda de piezas para el bastidor y el motor se convierte en toda una aventura. Gracias a la intermediación del fundador de la empresa, Ferry Porsche, el concesionario Eduard Winter pone a su disposición en Berlín occidental un sistema de frenos para el Porsche 356. Miersch pasa de contrabando las valiosas piezas de oeste a este, “en un maletín muy grande”, transpirando sudor y sangre, ya que la pena por este delito era de muchos años de prisión. Tiene que cruzar la frontera bajo la rigurosa mirada de los soldados de la RDA. “Los tambores de freno eran especialmente pesados”.

Y así es como siete meses después, en noviembre de 1954, el vehículo de construcción propia está listo para salir a la calle. Lindner calcula que la fabricación de la carrocería costó unos 3.150 marcos occidentales. Al principio, el 356 Miersch emplea un pequeño motor bóxer de 30 CV que apenas puede con los 1.600 kilos del vehículo. El 356 original pesa cerca de la mitad y tiene más del doble de potencia. No es hasta 1968 que Miersch podrá instalarle un motor Porsche de 1.6 litros y 75 CV. Esta vez importará oficialmente el motor desarmado como si fueran piezas de recambio, en teoría un regalo de un familiar de Alemania occidental.

Lindner construye a mediados de los cincuenta varios coupés basados en este prototipo; no está muy claro cuántos fueron exactamente, pero se estima que cerca de una docena. Lo que es seguro es que los dos diseñadores, los hermanos Reimann, encargaron una unidad. También ellos pidieron ayuda a Zuffenhausen, y la obtuvieron. En la respuesta, con fecha de 26 de julio de 1956, Ferry Porsche comunica a los “Sres.  Reimann: “A fin de apoyarles para salir del apuro, les enviaremos en los próximos días, como ustedes solicitan, un juego de pistones y cilindros usados a través de la empresa Eduard Winter de Berlín”. Y deseaba a los gemelos una “buena recepción y buen viaje con su Porsche de fabricación propia”. La carta la firma la secretaria de Ferry Porsche. Ferry, por su parte, hace saber que estaba “en ese momento en la carrera de Le Mans”.

El “Porscheli”, su gran amor

Con su vehículo los Reimann emprendieron, mientras fue posible, largos viajes por Europa. Para reducir los gastos, los gemelos se movían con una sola licencia de conducir. Nunca les descubrieron. En las fotografías se les ve con diferentes chicas, en el Grossglockner, en el Lago Lemán, en París o Roma. En el centro siempre figuraba su gran amor, que habían bautizado como “Porscheli”. Pero a los espías omnipresentes del servicio secreto de la RDA les llama la atención este estilo de vida tan occidental de los dos hermanos. Poco después de la construcción del Muro, en 1961, son detenidos por supuesta participación en una huida. No podrán abandonar la prisión hasta un año y medio después.

De este modo se pierde durante décadas la pista al “Porscheli”. Hasta que en 2011, el coleccionista austriaco Alexander Diego Fritz lo descubre y lo salva de la ruina. Que se sepa, hasta nuestros días solo se han conservado íntegramente dos de estos Porsche de la RDA: el ejemplar completamente restaurado de Fritz y el vehículo de Hans Miersch. Este último estuvo siempre en poder de su primer propietario, con su placa de matrícula original RJ 37-60. Cuando a principios de los años setenta la fábrica de zapatos de Miersch pasa a ser una empresa propiedad del Estado, es decir, prácticamente expropiada, consigue proteger su coche. Como argumento Miersch utiliza astutamente su herida de guerra. “Se trata de un vehículo de fabricación propia personalizado, construido especialmente para poder conducirlo con mi invalidez”. Cifra el valor del vehículo en 1.800 marcos orientales. A partir de ese momento el fabricante deberá ganarse la vida como obrero en una fábrica de tela asfáltica.

Cuando se acaba la historia de la RDA, hace ahora 30 años, Miersch ya está jubilado. También en la Alemania reunificada sigue siendo fiel a su querido vehículo; lo arregla y lo mejora a conciencia. La última actualización consiste en la adopción de un motor de 90 CV de un Porsche 356, para mejorar las prestaciones de aquel peso pesado.

Entrega del Miersch 356 a un entusiasta de Porsche

A los 73 años, en 1994, Miersch decide separarse de aquel vehículo que había sido su compañero de vida, que en ese momento estaba pintado en color blanco. El amante de Porsche Michael Dünninger, de Würzburg, será su nuevo dueño. Allá donde Dünninger va con su nuevo vehículo se forma una aglomeración de gente. “Muchos ven el parecido con el 356, pero dudan”, se ríe Dünninger. Y con el tiempo también él ha mejorado algunas cosas. Por ejemplo, hizo tapizar los asientos con cuero de color coñac y cambió el tacómetro de Horch, de antes de la guerra, por uno original de Porsche.

En cualquier caso, el Miersch sigue siendo parte de la historia. Un vehículo construido en una época en la que el mundo estaba dividido y las personas todavía podían fabricarse sus propios sueños automovilísticos.

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