El camino a la felicidad del productor de cine Tyler Thompson y Porsche

Nos desplazamos hasta Nueva Orleans para visitar al productor de cine Tyler Thompson. El paseo en coche por su ciudad termina convirtiéndose en un entretenido viaje por su azarosa vida.

Efectivamente, es una locura. Todo lo que ocurre esta noche de primavera en el Tipitina’s lo es. En el legendario bar de Nueva Orleans, famoso por su música en vivo, Tyler Thompson, productor de películas de la talla de Cisne negro, Everest El juicio de los 7 de Chicago, está en el escenario interpretando con su guitarra una canción en la que se refiere a Estados Unidos como la “tierra de los libres”. Una canción de rock de esas que te hacen marcar el ritmo de la música con el pie. La letra invita a la reflexión: “You and me, we’ve got this thing that’ll fade if we stop runnin” (“Tú y yo, hay algo entre nosotros que desaparecerá si dejamos de correr”). 

Delante del local hay aparcado un autobús de giras. A Thompson le apetecía comprárselo. Igual que un día, durante la pandemia, le apeteció ser músico. Hoy es su primera actuación con público… aunque el público es, en realidad, su suegro, un amigo y el gran fotógrafo musical Danny Clinch. “La gira sin fans. Solo esta noche”, reza un letrero en la entrada.

¿Una locura? Tal vez. Pero ¿acaso no va el éxito siempre de la mano de quienes están lo suficientemente locos como para creer en una idea y llevarla a cabo? Ya lo dice en Land of the Free: “Yeah, we’re dreamers who believe we can turn nothing into something” (“Somos soñadores firmemente convencidos de que podemos hacer algo a partir de la nada”).

Ese es el espíritu que caracteriza a la gente de Nueva Orleans. Lo hemos comprobado por la tarde, antes del concierto, durante un paseo en el Porsche 356 B color marfil (1963) de Thompson. Calles estrechas con tiendas de vudú, pequeños restaurantes de pescado fresco y música en vivo casi en cada esquina. Te detienes un momento y ya tienes al primer transeúnte que pasaba por allí dirigiéndote la palabra. Aunque –todo hay que decirlo– la razón parece ser el automóvil. Pero, de pronto, los desconocidos charlan como si fueran amigos, contribuyendo a ese peculiar ambiente de localidad pequeña que se respira en esta ciudad de casi 400.000 habitantes. Tras solo media hora en la ciudad, el visitante tiene inevitablemente la impresión de conocer todos los rincones y a todas las personas. Y se siente como en casa.

También Thompson, de 34 años, da esa impresión. Desde el primer instante te trata como a un amigo de toda la vida. Un indicio de que, en él, este toque de locura es más bien una mezcla de curiosidad y osadía que traza el hilo conductor de su vida. Dos características que los seres humanos solemos dejar atrás al hacernos adultos.

“¿Sabes cómo acabé siendo productor?”, pregunta al entrar en la famosa calle Bourbon del Mardi Gras. Antes de contestar, aparca el coche y atiende una llamada telefónica en la que sienta las bases de un acuerdo con Netflix. Mientras, va saludando a su paso. Sus traviesos ojos marrones le delatan: sabe que la historia que está a punto de contar es muy buena. Había dejado los estudios y se pasaba los días aburrido en la empresa de camiones que había fundado junto con su padre. Un día se enteró de que la actriz Brittany Murphy, hoy ya fallecida, iba a organizar una fiesta con motivo del fin de un rodaje en Nueva Orleans. “¡No me lo pensaba perder!”.

Tyler cogió a escondidas un impresionante deportivo del garaje de su padre, condujo hasta la fiesta y se hizo pasar por un invitado más. Le dejaron pasar. A partir de aquí, todo fue muy rápido. Conoció a gente de la industria cinematográfica que le invitó a Los Ángeles. “Encargué unas tarjetas de visita y me hice pasar por el director de una empresa de catering. Pensé que quizá así podría meter un pie dentro”, cuenta sonriendo.

Pero las cosas no fueron exactamente así. Resulta que –no es broma– se encontró el guión de una película en el asiento trasero de un taxi. “No había leído uno en la vida”, confiesa, pero ese mundo tan fascinante y a veces despiadado lo atrapó desde el primer instante. Decidió que a partir de ese guión rodaría la película Palmeras ardientes y pidió ayuda a su padre.

Su padre es un tipo dispuesto a todo y aún hoy discute amistosamente con su hijo a la primera de cambio. Por ejemplo, sobre a quién de los dos pertenece este Porsche Carrera GT del que solo existen 1.270 ejemplares. ¡Al padre! Tim Thompson hizo fortuna con la industria petrolífera y ha fundado varias empresas, todas ellas muy exigentes y tangibles. Por tanto, no es de extrañar que al principio viera con escepticismo los sueños de su hijo de ser artista. Pero, al mismo tiempo, también sabía que Tyler no estaba loco, sino que era curioso y osado. Unas características que sí entendía, así que decidió invertir en el sueño de Tyler.

El primer proyecto fue un fracaso absoluto, pero esto solo consiguió motivarle aún más. Esta dura lección fue la base para fundar la empresa Cross Creak Pictures. Tyler había heredado la ambición de su padre, el no amilanarse ante el primer traspié. El guión de Cisne negro, rechazado por otros productores, le fascinó, y produjo el conocido thriller sobre el mundo del ballet por 13 millones de dólares. El instinto de Tyler resultó acertado: Cisne negro recaudó unos 330 millones de dólares en todo el mundo y Natalie Portman se llevó el Óscar a la mejor actriz.

De su padre también ha adquirido la pasión por Porsche. “He probado muchos coches, algunos los he codiciado, pero al final acabo volviendo siempre a Porsche porque ninguna marca se le puede comparar”, afirma.

“Sé curioso y no juzgues”, escribió el poeta estadounidense Walt Whitman en una ocasión. Thompson intenta mantenerse fiel a esta frase y convencer a otros: “Una vez, estaba dando una charla a unos estudiantes de cine mientras fuera se rodaba una película, y les dije: ¿Qué hacéis aquí dentro? Salid afuera a hablar con los autores, con la directora, con el equipo… Vais a aprender mucho más allí que aquí dentro”.

También cuenta que produjo Everest porque quiso escuchar de qué se hablaba en la recepción de un hotel. Oyó una conversación acerca de una expedición a la montaña más alta del mundo, se unió a ella, y dos años después esta película de aventuras abría el festival de Venecia.

Todo esto puede sonar muy fácil, pero ¿quién busca realmente inspiración en el vestíbulo de un hotel y entabla conversación con dos extraños? Thompson. Por eso puede contar la historia del día en que pidió al cantante de los Red Hot Chili Peppers, Anthony Kiedis, que le enseñara a hacer surf y cómo casi acaba ahogándose en el intento. O de cómo en 2018 trató de clasificarse para el importante torneo de tenis de Indian Wells… y lo consiguió. Así son casi todas las anécdotas de Tyler Thompson: con un guiño, irónicas consigo mismo; los héroes siempre son otros. Quizá por eso, en referencia a su carrera como productor, en la que sus películas han recaudado más de mil millones de dólares en diez años, dice que ha tenido “mucha, pero muchísima suerte”. Casi todos los que le conocen desde hace tiempo –su suegro, su amigo, el compañero de banda– dicen que es la suerte del valiente.

Hay personas que se amilanan ante las crisis y hay otras que se crecen ante la adversidad. Thompson no podía rodar películas y entendió esa imposibilidad como un trampolín para convertirse en un soñador y crear algo a partir de nada, como canta en Land of the Free. Lo consiguió porque, por un lado, tiene el valor de intentarlo y no le avergüenza pedir ayuda, y por el otro, porque aprendió muy rápido cómo llamar la atención en una conversación. Hace una pregunta detrás de otra, sabe escuchar, intenta analizar… Se pasa toda la tarde llamando a su mujer para que le cuente cosas, como si los dos no hubieran estado toda la mañana jugando con sus hijos.

“Vi la pandemia como una oportunidad para hacer realidad mi sueño de ser músico”, dice Thompson, que admite que empezó la casa por el tejado: primero se compró el autobús para la gira, reservó el estudio de grabación, planeó actuaciones y buscó productores. Contrató a Steve Jordan, que ya había trabajado de mánager para grandes músicos como Keith Richards, Eric Clapton y John Mayer, y quien además es uno de los baterías más apreciados en el mundillo musical. “Entonces me di cuenta de que tenía que ir a clases de canto, ya que en el escenario la voz no suena igual que bajo la ducha”, reflexiona. Se puso a ello, completó el primer paso, pulió las canciones y la voz, y por fin estuvo listo para mostrar sus obras.

Thompson está sobre el escenario del Tipitina’s. Al principio se le nota nervioso, a pesar de los pocos espectadores. Pero, cuando va por la mitad de la primera canción, de pronto recuerda algo más que también hacen muy bien los niños y que olvidamos al crecer: ¡Simplemente, hay que divertirse! Entonces, los tres músicos tocan como si el bar estuviera lleno hasta la bandera.

Por supuesto, ya tiene organizados conciertos para los próximos meses y, sin lugar a dudas, el álbum tendrá éxito. No solo porque Tyler Thompson ha estado lo suficientemente loco como para hacer realidad su sueño, sino porque su música es buena y está compuesta por alguien que siempre hace lo que le apetece hacer.

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