El 20 de mayo de 1932, Amelia Earhart despegaba para realizar una travesía del Atlántico que se convertiría en uno de los mayores logros de la historia de la aviación.
En aquel día, Amelia Earhart tomó el control de su Lockheed Vega roja sobre la pista empapada de Harbour Grace, en Terranova. Rumbo al Atlántico Norte. Unas horas más tarde, la aviadora estadounidense entraría para siempre en la leyenda de la aviación mundial.
El guiño histórico no es una coincidencia inocente. Exactamente cinco años antes, día por día, Charles Lindbergh despegaba de Nueva York a bordo del Spirit of St. Louis para realizar la primera travesía del Atlántico en solitario y sin escalas. Amelia Earhart quiere entonces seguir sus pasos, pero también demostrar que no es solo una figura mediática de la aviación estadounidense.
Porque en 1928 Earhart ya había cruzado el Atlántico… como simple pasajera. Una experiencia que vivió mal.
Esta vez, ella parte sola
El vuelo se convierte rápidamente en una prueba extrema. Congelación, fuertes turbulencias, instrumentos defectuosos, fatiga y fuga de combustible acompañan a la piloto durante toda la travesía. A bordo de su Lockheed Vega, sin las ayudas modernas de navegación, Amelia Earhart navega casi por instinto sobre un Atlántico hostil.
Después de casi quince horas de vuelo, ella renuncia a llegar a París por las condiciones meteorológicas y aterriza finalmente el 21 de mayo de 1932 en un campo cercano a Londonderry, en Irlanda del Norte.
El logro es enorme: Amelia Earhart se convierte en la primera mujer en cruzar el Atlántico en solitario y la segunda persona de la historia en lograr tal travesía tras Lindbergh.
Casi un siglo después, este vuelo sigue siendo un símbolo mayor de la historia de la aviación, así como de la emancipación de las mujeres en los ámbitos técnicos, industriales y aeronáuticos. El 20 de mayo de 1932, Amelia Earhart no repetía la Historia: escribía la suya.
Foto: National Air and Space Museum